
Me pasó (como sé que a muchos les sucede) que en los inicios en que buscaba una vida espiritual me sentía de pronto muy motivado y podía sentir a Dios en todo, hasta en el aire que respiraba. Abrir los ojos cada mañana era de nuevo encontrarme con el gozo de sentirme amado, con el gozo de sentirme bendecido.
Cada oración era una verdadera experiencia y toda esa alegría me empujaba a buscar un apostolado. Era como aquel enamorado que busca en todo momento agradar a su amada hasta en lo más mínimo. Bonitos tiempos del primer amor… pero las cosas cambian.
De pronto, no sé cómo, cuando oraba sentía que le hablaba a la pared. me sentía sólo, abandonado, que nadie me escuchaba… no sentí nada. Yo me preguntaba ¿Qué pasa con mi fe? ¿Por que siento a Dios tan lejos? ¿Qué hice mal? En mi inocencia yo sentía que el del error había sido yo.
Tanto así que busqué la oportunidad más próxima para acudir al sacramento de la reconciliación. Ya en confesión le dije al sacerdote del sentimiento de desolación que me oprimía el corazón. El padre me miró condesendiente y me dijo que no había hecho nada mal.
Me habló un poco de San Juan de la Cruz y lo que él denominaba “La noche obscura del alma” cuando se apagan los sentidos y la fe inicia un viaje más allá de los sentidos para comenzar un proceso de crecimiento… la consolación divina llegaría de forma esporádica y con gratuidad pero mi fe primero debía madurar en la obscuridad, en la soledad, en el desierto.
Luego supe que no solamente San Juan de la Cruz habla sobre esta aridez espiritual sino también Santa Teresa de Avila y muchos grandes maestros de la oración y esta aridez es el tránsito natural de toda alma que busca sinceramente a Dios. Después leí en un libro de Ignacio Larrañaga una frase que describe muy bien la actitud que debemos guardar cuando esto suceda.
“La fe es saber, no sentir” es decir, el sentir bonito cuando oramos es algo accesorio que Dios permite en momentos determinados de nuestra vida para motivarnos a seguir adelante, pero ese sentimiento espiritualmente placentero no es fe.
Yo oro no por que sienta que Dios me escucha, sino por que sé que Dios me escucha. No importa si siento a Dios, yo sé que está allí. Decía Santa Teresita del Niño Jesús: “Qué importa si no tienes valor si te comportas como si lo tuvieras”. Así hay que orar, convencidos de que somos escuchados sin importar lo que sentimos…La fe es saber, no sentir”
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