No cabe duda que en ocasiones la vida nos parece un tanto rutinaria.
Salimos a trabajar o a la escuela, regresamos a casa, salimos a los mismos lugares, platicamos con la misma gente y a veces hacemos alguna actividad repetitiva gran parte de nuestro día y después al día siguiente y al siguiente.
El riesgo de este vertiginoso ritmo de vida que en ocasiones impide incluso que nos detengamos a pensar un poco quienes somos y que hacemos, es que nuestra vida nos comience a parecer tediosa y aburrida.
Es la tan temida rutina que mata el amor en nosotros. Mata silenciosamente nuestro amor al trabajo, nuestro amor a nuestra pareja, nuestro amor al prójimo y hasta nuestro amor a Dios.
Es la mortal rutina que hace que la acedia reine en nuestro corazón y vaya mermando en nosotros la capacidad de hacer las cosas con amor y por amor.
La mejor cura para este terrible mal es aprender a transformar rutias en rituales.
¿Qué es un ritual? Ritual es sinónimo de ceremonia, formalidad, protocolo, celebración festejo.
Sus antónimos según el diccionario, son : informalidad, desfachatez, indiferencia, falta de interés, falta de entusiasmo…
Se trata pues, de ver con una nueva óptica las actividades que hacemos a diario por simples que parezcan y darles un sentido de formalidad, darles la importancia que convierta cada acto de nuestra vida en una celebración. Es aprender a gozar una y otra vez la oportunidad que tenemos de estar vivos.
Cosas tan simples como ofrecer nuestros primeros pensamientos a Dios cada mañana o dar efusivamente los buenos días a nuestra familia o a la gente del trabajo. Tan simples como el acto de amor de lavar los platos cada noche para aliviar el cansancio de otro, o bien el moemento de hacer oración en familia o disfrutar de un juego de mesa o de una buena película. Tan simple como reír una y otra vez con las mismas anécdotas familiares.
Ejemplos hay muchísimos. Se puede vencer a la rutina, la cual no es otra cosa que el cansancio provocado por hacer las cosas sin amor.
Luchar y vencer a este enemigo es posible sin necesidad de grandes esfuerzos. La clave es estar alerta a los pequeños detalles de la vida diaria para hacer de ellos un ritual, es decir, una celebración de amor.
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